A este arquitecto -Cristián Undurraga- los temas de ciudad le quitan el sueño. Celebra unos, le irritan otros. Es que para él es un asunto que debiera ser preocupación diaria de todos sus habitantes; sólo así dejaremos de ser consumidores y volveremos a ser ciudadanos. De esta realidad y del Premio Internacional de Arquitectura Sacra, que acaba de ganar, habla en esta entrevista.
Cristián Undurraga se ha vuelto un caminante. Ya no es raro verlo por el circuito de Presidente Errázuriz, Américo Vespucio, Apoquindo. El año pasado dejó Los Dominicos para instalarse en una nueva casa, a pocas cuadras de su oficina y del colegio de una de las menores de sus nueve hijos, para minimizar los desplazamientos en auto y ser parte de una cultura urbana que quisiera expandir. Hoy, un típico día de junio, el frío le ganó y agarró el auto. "En invierno es más difícil, pero hay que contribuir para hacer más sustentable la ciudad", dice mientras pide un café.
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9 de julio de 2012
14 de mayo de 2012
Vecinos empoderados
La ciudadanía está entendiendo que la calidad de vida no es inherente al barrio que escogen, que es algo que se conquista. Para que no les pasen autopistas por encima, no destruyan su patrimonio o para reducir la delincuencia, las comunidades se están organizando y ahora cuentan con aliados profesionales.
Por: Pablo Andulce Troncoso
A Rosario Carvajal la han acusado de oponerse al progreso en más de una ocasión. Ella responde con dos fotos y una pregunta. En la primera aparece el extremo del pasaje donde vive -Hurtado Rodríguez- que da a Compañía. Al fondo se ve una noble casona azul y está fechada en 1999. La segunda se tomó una década después, tiene exactamente la misma perspectiva, pero en lugar de la casona se ve un estacionamiento corriente y gris. "¿De qué progreso me hablan?", dice Rosario.
Ella -además de historiadora- es la vocera de Vecinos por la defensa del barrio Yungay, una organización que se formó en el 2005 bajo una coyuntura puntual, y que a través de los años ha ampliado sus causas, hasta convertirse en una de las más aguerridas de Santiago. Una red que para evitar una lógica jerárquica nunca ha tramitado la personalidad jurídica, y que aún así ha recibido premios como el de conservación de Monumentos Nacionales, el de buenas prácticas para el desarrollo de los territorios, el premio Ciudad de la Fundación Futuro y fueron parte de la selección para el City to City FAD Award en Barcelona.
Por: Pablo Andulce Troncoso
A Rosario Carvajal la han acusado de oponerse al progreso en más de una ocasión. Ella responde con dos fotos y una pregunta. En la primera aparece el extremo del pasaje donde vive -Hurtado Rodríguez- que da a Compañía. Al fondo se ve una noble casona azul y está fechada en 1999. La segunda se tomó una década después, tiene exactamente la misma perspectiva, pero en lugar de la casona se ve un estacionamiento corriente y gris. "¿De qué progreso me hablan?", dice Rosario.
Ella -además de historiadora- es la vocera de Vecinos por la defensa del barrio Yungay, una organización que se formó en el 2005 bajo una coyuntura puntual, y que a través de los años ha ampliado sus causas, hasta convertirse en una de las más aguerridas de Santiago. Una red que para evitar una lógica jerárquica nunca ha tramitado la personalidad jurídica, y que aún así ha recibido premios como el de conservación de Monumentos Nacionales, el de buenas prácticas para el desarrollo de los territorios, el premio Ciudad de la Fundación Futuro y fueron parte de la selección para el City to City FAD Award en Barcelona.
Mi barrio
por Mathias Klotz
De niño, solía jugar en la calle de mi barrio. Éramos un grupo de veinte o treinta que andábamos en bici, en patines o en skate.
Al llegar del colegio hacía las tareas lo más rápido posible para no perderme tardes eternas jugando al paco ladrón, al caballito de bronce, a las bolitas, al trompo, a la pelota, a correr por las pozas en los días de lluvia, o a encumbrar volantines desde septiembre hasta el verano. Usábamos la calle incluso para jugar tenis o a las naciones. Ningún niño se quedaba en la casa; no existían los juegos de video y en la televisión solo había tres canales en blanco y negro que, en el mejor de los casos, transmitían “Los tres chiflados” o “Viaje al fondo del mar” una vez por semana.
De niño, solía jugar en la calle de mi barrio. Éramos un grupo de veinte o treinta que andábamos en bici, en patines o en skate.
Al llegar del colegio hacía las tareas lo más rápido posible para no perderme tardes eternas jugando al paco ladrón, al caballito de bronce, a las bolitas, al trompo, a la pelota, a correr por las pozas en los días de lluvia, o a encumbrar volantines desde septiembre hasta el verano. Usábamos la calle incluso para jugar tenis o a las naciones. Ningún niño se quedaba en la casa; no existían los juegos de video y en la televisión solo había tres canales en blanco y negro que, en el mejor de los casos, transmitían “Los tres chiflados” o “Viaje al fondo del mar” una vez por semana.
El ir y venir de las estatuas de Santiago
Metros, cuadras y hasta a barrios distintos. Algunas obras conmemorativas de piedra o metal han sido nómades y se han instalado en diversos lugares de la capital.
Por Carlos Reyes Barría
Las 10 toneladas que completaba el monumento de Pedro de Valdivia no fueron obstáculo para que en 1966 se fuera “galopando” hasta la Plaza de Armas. Después de desatornillar los pernos que lo unían a su pedestal y de colocar huinchas de tela alrededor de su caballo de bronce, los maestros a cargo de esa operación alzaron los brazos de la grúa y lo instalaron en un camión abierto, cubierto con maderas. Porque aunque eran sólo 600 metros los que tenía que recorrer, nada podía pasarle a la estatua, fundida en 1963 por el artista español Enrique Pérez Comendador. “Cuentan que fue forjada con el mismo metal de unos cañones españoles usados contra el ejército patriota, en un gesto de paz”, afirma Aldo Roba, funcionario de la Dirección de Obras de la Municipalidad de Santiago.
Por Carlos Reyes Barría
Las 10 toneladas que completaba el monumento de Pedro de Valdivia no fueron obstáculo para que en 1966 se fuera “galopando” hasta la Plaza de Armas. Después de desatornillar los pernos que lo unían a su pedestal y de colocar huinchas de tela alrededor de su caballo de bronce, los maestros a cargo de esa operación alzaron los brazos de la grúa y lo instalaron en un camión abierto, cubierto con maderas. Porque aunque eran sólo 600 metros los que tenía que recorrer, nada podía pasarle a la estatua, fundida en 1963 por el artista español Enrique Pérez Comendador. “Cuentan que fue forjada con el mismo metal de unos cañones españoles usados contra el ejército patriota, en un gesto de paz”, afirma Aldo Roba, funcionario de la Dirección de Obras de la Municipalidad de Santiago.
Restauran Palacio Cousiño a 134 años de su construcción
Las obras incluyen el arreglo de los daños que produjo en el inmueble de 1878 el terremoto del 27/F.
por Evelyn Briceño
Al pasar por el 438 de calle Dieciocho, Felipe Pardo (25) dice no saber a qué corresponde el inmueble que lleva esa numeración. “Debe ser un edificio importante”, dice el estudiante, pero no imagina que esta construcción, de señorial neoclásico francés, esconde mármoles de Carrara, cristalería de Bohemia, mayólicas (pequeños azulejos) italianas y muros laminados en oro.
Se trata del Palacio Cousiño, uno de los edificios más refinados de Santiago, construido en 1878 por el arquitecto francés Paul Lathoud para la familia Cousiño Goyenechea.
por Evelyn Briceño
Al pasar por el 438 de calle Dieciocho, Felipe Pardo (25) dice no saber a qué corresponde el inmueble que lleva esa numeración. “Debe ser un edificio importante”, dice el estudiante, pero no imagina que esta construcción, de señorial neoclásico francés, esconde mármoles de Carrara, cristalería de Bohemia, mayólicas (pequeños azulejos) italianas y muros laminados en oro.
Se trata del Palacio Cousiño, uno de los edificios más refinados de Santiago, construido en 1878 por el arquitecto francés Paul Lathoud para la familia Cousiño Goyenechea.
5 de marzo de 2012
Rescatan Teatro Cousiño para desarrollo cultural
Fuente: La Tercera
Sergio Ortiz (80) llegó al barrio Viel en 1954. Uno de los recuerdos más claros que tiene de esa época son los espectáculos que estrellas del tango, como Alberto Castillo, Alfredo de Angelis y Miguel Caló, montaban en el Teatro Parque Cousiño, ubicado en calle San Ignacio. "Antes de su recital, Lalo Martell -otro tanguero argentino de renombre en los 50- cruzó hasta mi taller mecánico y estuvo conversando conmigo por largo rato", cuenta.
Para los habitantes de este sector (delimitado por Av. Matta al norte, Av. General Rondizzoni al sur, Av. Viel por el poniente y San Ignacio al oriente) declarado Zona Típica en 2009, el teatro es un ícono. Le llamaban "el Municipal chico", por la calidad de los espectáculos que ahí se presentaban.
Sergio Ortiz (80) llegó al barrio Viel en 1954. Uno de los recuerdos más claros que tiene de esa época son los espectáculos que estrellas del tango, como Alberto Castillo, Alfredo de Angelis y Miguel Caló, montaban en el Teatro Parque Cousiño, ubicado en calle San Ignacio. "Antes de su recital, Lalo Martell -otro tanguero argentino de renombre en los 50- cruzó hasta mi taller mecánico y estuvo conversando conmigo por largo rato", cuenta.
Para los habitantes de este sector (delimitado por Av. Matta al norte, Av. General Rondizzoni al sur, Av. Viel por el poniente y San Ignacio al oriente) declarado Zona Típica en 2009, el teatro es un ícono. Le llamaban "el Municipal chico", por la calidad de los espectáculos que ahí se presentaban.
24 de enero de 2012
El campo reconquista la ciudad
Los terrenos de cultivo llegan a las ciudades para dibujar en los parques metropolitanos un nuevo paisaje agrourbano útil, reparador e integrador; una fuente de alimento.
Huertas en el límite de la ciudad (ver).
Por Anatxu Zabalbeascoa
Fuente: EL PAIS
No es casualidad que sean los viejos quienes mejor expliquen el paisaje. La idea de acercar los ciudadanos a la tierra que los alimenta está presente en muchos de los más sensatos trabajos del paisajismo urbano reciente. Pero si se ha tardado más de un siglo en trasladar a la gran cantidad de personas que pueblan hoy las urbes (la mitad de la población mundial), es lógico pensar que toda esa gente no vaya a regresar al campo de un día para otro. ¿La alternativa? Llevar el campo a la ciudad.
Huertas en el límite de la ciudad (ver).
Por Anatxu Zabalbeascoa
Fuente: EL PAIS
No es casualidad que sean los viejos quienes mejor expliquen el paisaje. La idea de acercar los ciudadanos a la tierra que los alimenta está presente en muchos de los más sensatos trabajos del paisajismo urbano reciente. Pero si se ha tardado más de un siglo en trasladar a la gran cantidad de personas que pueblan hoy las urbes (la mitad de la población mundial), es lógico pensar que toda esa gente no vaya a regresar al campo de un día para otro. ¿La alternativa? Llevar el campo a la ciudad.
21 de enero de 2012
Menosprecio por las zonas de Conservación Histórica
Por Patricio Herman
El jueves 19 de enero pasado se publicó en El Mercurio una interesante columna de opinión de Cristián Warken, un humanista de verdad, quien denunció con sólidos argumentos el desinterés que tienen nuestras autoridades en respetar el patrimonio histórico de las ciudades, subrayando el culto por lo feo y esa práctica generalizada de demoler viviendas con valor arquitectónico en función de los rápidos y lucrativos negocios inmobiliarios privados.
El lúcido columnista decía “…porque un país no son sólo cifras macroeconómicas, un país son recuerdos del presente y el pasado, instantáneas del alma colectiva…” y como compartimos plenamente su postura crítica al sistema imperante a continuación, dentro del contexto de la regulación patrimonial que se ha dado la nación, ejemplificaremos en esta columna una situación incorrecta pasada en la comuna de Las Condes y un desborde más que podría suceder en estos días en la comuna de Providencia.
El jueves 19 de enero pasado se publicó en El Mercurio una interesante columna de opinión de Cristián Warken, un humanista de verdad, quien denunció con sólidos argumentos el desinterés que tienen nuestras autoridades en respetar el patrimonio histórico de las ciudades, subrayando el culto por lo feo y esa práctica generalizada de demoler viviendas con valor arquitectónico en función de los rápidos y lucrativos negocios inmobiliarios privados.
El lúcido columnista decía “…porque un país no son sólo cifras macroeconómicas, un país son recuerdos del presente y el pasado, instantáneas del alma colectiva…” y como compartimos plenamente su postura crítica al sistema imperante a continuación, dentro del contexto de la regulación patrimonial que se ha dado la nación, ejemplificaremos en esta columna una situación incorrecta pasada en la comuna de Las Condes y un desborde más que podría suceder en estos días en la comuna de Providencia.
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