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15 de mayo de 2012
Historias de Barrio
En Santiago, tres barrios históricos -Yarur, San Vicente y Huemul- están cambiando, sus habitantes son la última generación que posee recuerdos del fascinante funcionamiento que tuvieron en su época floreciente. En la actualidad, sus vidas pasan ininterrumpidas bajo el recuerdo.
Dentro de poco, estas historias y todo el contexto comenzarán a transformarse ante las embestidas de la modernidad sin dejar testigos.
Los invitamos a conocer este interesante proyecto de Aukaché Films en
http://historiasdebarrio.cl/
14 de mayo de 2012
Vecinos empoderados
La ciudadanía está entendiendo que la calidad de vida no es inherente al barrio que escogen, que es algo que se conquista. Para que no les pasen autopistas por encima, no destruyan su patrimonio o para reducir la delincuencia, las comunidades se están organizando y ahora cuentan con aliados profesionales.
Por: Pablo Andulce Troncoso
A Rosario Carvajal la han acusado de oponerse al progreso en más de una ocasión. Ella responde con dos fotos y una pregunta. En la primera aparece el extremo del pasaje donde vive -Hurtado Rodríguez- que da a Compañía. Al fondo se ve una noble casona azul y está fechada en 1999. La segunda se tomó una década después, tiene exactamente la misma perspectiva, pero en lugar de la casona se ve un estacionamiento corriente y gris. "¿De qué progreso me hablan?", dice Rosario.
Ella -además de historiadora- es la vocera de Vecinos por la defensa del barrio Yungay, una organización que se formó en el 2005 bajo una coyuntura puntual, y que a través de los años ha ampliado sus causas, hasta convertirse en una de las más aguerridas de Santiago. Una red que para evitar una lógica jerárquica nunca ha tramitado la personalidad jurídica, y que aún así ha recibido premios como el de conservación de Monumentos Nacionales, el de buenas prácticas para el desarrollo de los territorios, el premio Ciudad de la Fundación Futuro y fueron parte de la selección para el City to City FAD Award en Barcelona.
Por: Pablo Andulce Troncoso
A Rosario Carvajal la han acusado de oponerse al progreso en más de una ocasión. Ella responde con dos fotos y una pregunta. En la primera aparece el extremo del pasaje donde vive -Hurtado Rodríguez- que da a Compañía. Al fondo se ve una noble casona azul y está fechada en 1999. La segunda se tomó una década después, tiene exactamente la misma perspectiva, pero en lugar de la casona se ve un estacionamiento corriente y gris. "¿De qué progreso me hablan?", dice Rosario.
Ella -además de historiadora- es la vocera de Vecinos por la defensa del barrio Yungay, una organización que se formó en el 2005 bajo una coyuntura puntual, y que a través de los años ha ampliado sus causas, hasta convertirse en una de las más aguerridas de Santiago. Una red que para evitar una lógica jerárquica nunca ha tramitado la personalidad jurídica, y que aún así ha recibido premios como el de conservación de Monumentos Nacionales, el de buenas prácticas para el desarrollo de los territorios, el premio Ciudad de la Fundación Futuro y fueron parte de la selección para el City to City FAD Award en Barcelona.
Mi barrio
por Mathias Klotz
De niño, solía jugar en la calle de mi barrio. Éramos un grupo de veinte o treinta que andábamos en bici, en patines o en skate.
Al llegar del colegio hacía las tareas lo más rápido posible para no perderme tardes eternas jugando al paco ladrón, al caballito de bronce, a las bolitas, al trompo, a la pelota, a correr por las pozas en los días de lluvia, o a encumbrar volantines desde septiembre hasta el verano. Usábamos la calle incluso para jugar tenis o a las naciones. Ningún niño se quedaba en la casa; no existían los juegos de video y en la televisión solo había tres canales en blanco y negro que, en el mejor de los casos, transmitían “Los tres chiflados” o “Viaje al fondo del mar” una vez por semana.
De niño, solía jugar en la calle de mi barrio. Éramos un grupo de veinte o treinta que andábamos en bici, en patines o en skate.
Al llegar del colegio hacía las tareas lo más rápido posible para no perderme tardes eternas jugando al paco ladrón, al caballito de bronce, a las bolitas, al trompo, a la pelota, a correr por las pozas en los días de lluvia, o a encumbrar volantines desde septiembre hasta el verano. Usábamos la calle incluso para jugar tenis o a las naciones. Ningún niño se quedaba en la casa; no existían los juegos de video y en la televisión solo había tres canales en blanco y negro que, en el mejor de los casos, transmitían “Los tres chiflados” o “Viaje al fondo del mar” una vez por semana.
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